Las mañanas, ahora que era viudo y sus hijos ya no vivían en casa, se dividían, para el señor Hernández, jubilado, en dos partes diferenciadas: de ocho a ocho y media, para desayunar y de esa hora para adelante en salir a la calle con su perro Tuco, un sin raza de cuatro años que se había convertido en su mejor amigo.
Mantenía largas conversas con el susodicho perro sin raza, pero noble y atento, que siempre tenia un ladrido amable y un movimiento de cola para cada palabra bonita que le decía su amigo
“ No, yo no soy tu dueño, eso es para gente rica, nosotros somos amigos, ¿vale?” El señor Hernandez siempre pronunciaba esas palabras mirando al can, de color blanco y marrón y hocico oscuro, como si le hablara a un crio o a un amigo de toda la vida, y el perro ( siempre atento, como ya sabemos) le respondía con sus movimientos de cola y algún que otro lametazo espontáneo, producto de su todavía juventud canina y su devoción por el señor Hernadez.
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